¿Alguna vez te han dicho: “no estés triste, hay que sonreírle a la vida”? A mí cientos de veces, la verdad me he topado tanto con este tipo de consejos que ya me los sé de memoria: “Tú vales mucho, levántate, tú puedes.” Pero, ¿en realidad son útiles? La verdad no lo creo, y es que hay algo en particular con las emociones como la tristeza, el enojo o la melancolía, simplemente tratamos de no experimentarlas pues el ser feliz tiene que ser nuestra única prioridad; pero hoy tengo que darte una noticia: ESTO NO ES VERDAD.

Te voy a contar mi historia que no es mi historia, soy un chico de veintitantos, casi treinta, cuya vida se ha visto envuelta en “problemas” que no parecían tener solución, “problemas” (así, con comillas) puesto que todos giran en base a una sola premisa: No sé cómo quererme a mí mismo.

Durante mucho tiempo he luchado con la depresión, la ansiedad y la falta de amor propio, lo que me ha ocasionado severas consecuencias no sólo en mi vida sentimental (a este punto me es difícil mantener una relación) sino también en mi vida laboral y social, pero esto es tema de otro blog.

Créeme entonces cuando te digo que sé cómo te sientes; y es que, al inicio utilicé las comillas en la palabra “problema” puesto que yo suelo ahogarme en un vaso con agua, pero aun así, aunque pueda nadar, a veces se entumen mis manos y dejo de respirar, entonces me hundo, entonces no hayo luz, entonces llega la tristeza, luego la ansiedad, luego la depresión y al final mi vida parece ser un desastre.

¿Cómo sales de algo tan duro que tú mismo has causado? Ha sido la pregunta que siempre me hice, y por mucho tiempo creí que la respuesta era tener a alguien a mi lado para usar de salvavidas, entonces me aferré a varias personas tratando de convencerme a mí mismo que, cuando mi vaso se llene vendrían a rescatarme; el problema es que mi vaso se llenó muchas veces, el problema es que a veces yo lo llenaba a causa de ellos, el problema es que no debí de depender de nadie desde un primer momento.

Pero, me preguntarás querido lector, ¿qué hago? ¿Cómo puedo salvarme? Pues, es muy sencillo la verdad, flota. El problema con nuestro vaso es que no nos damos cuenta que la densidad del agua con la que lo hemos llenado nos permite flotar, entonces, sólo eso, flota, ¿sencillo no? Pues claro que no, esta analogía sólo cobra sentido si remplazamos el agua por nuestros miedo, por ansiedad o por depresión y el flotar por aceptar ese sentimiento, por llorar si debes de hacerlo, por gritar si te da la gana o, simplemente, por vivir lo que sientes y expresarlo de la mejor manera posible, eso sí, recordando que el vaso sigue siendo un vaso, y tus problemas no se irán a menos que tú decidas dejar de flotar y levantarte, tocar el fondo del vaso y caminar a la orilla, porque no hay secreto, tú puedes hacerlo.

Abraza tus sentimientos, son tuyos, quiérelos, siéntelos, llóralos y luego despídete y permíteles marcharse, acepta que tienes defectos pero que también tienes virtudes, que las cosas a veces pasan y que eso no significa que es el fin del mundo, que los problemas a veces los sobredimensionamos, y cuando no, pasarán, permítete no sentirte bien, pero no te quedes ahí, recuerda que flotas a menos de un centímetro del fondo del vaso, no lo llenes más, vive tus sentimientos, pero permítete avanzar. Tú eres lo suficientemente capaz.

Y quizá parezca que soy un experto en el tema pero, la verdad, también estoy aprendiendo al respecto y escribirlo me ayuda a asimilar que, aun cuando pudiera haber sido yo quien llenó mi vaso, tengo que dejar de flotar y empezar a caminar, y ahora sé que puedo hacerlo, y si yo puedo, ¿por qué tu no?

Por favor, abraza tu tristeza.